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Opinión: “Cuánto cuesta ser clasemediero”

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A la compañera Pirucha Vega

Las ciencias económicas aconsejan no mezclar manzanas con tomates, ni macro con micro economía, ni caballos con autos, ni evaluaciones de coyuntura con cartas astrales. Pero como yo no soy economista me voy a permitir la licencia literaria para hablar de ética aplicada a las necesidades insatisfechas de la castigada clase media argentina.

Todos sabemos, o deberíamos saberlo, que la tasa de inflación por sí sola no define las posibilidades del bienestar económico familiar, tampoco la evolución o involución de los salarios o el valor de la moneda tomados en forma aislada. Para tener una idea cabal sobre cuánto rinde el dinero, los especialistas inventaron el concepto de poder adquisitivo, entendido como la cantidad de servicios o bienes que puede comprar un mortal con una suma determinada de plata.

Es por eso que la respuesta a la pregunta ¿cuánto cuesta un caballo? la podemos dar en términos relativos conforme al contexto histórico, y veremos entonces que el valor y el poder no son sólo cuestiones de precios. Por ejemplo, en el Reino de Castilla de fines de siglo XV hacían falta unos 19 mil maravedíes para comprar un caballo. Ese precio en sí mismo no nos dice nada, ahora si consideramos que el jornal de un obrero estaba entre los 20 a 55 maravedíes, la cifra nos habla a los gritos. Los jornalizados más pobres podían comprar 5 kgs. de pan por día o, con la misma guita, ½ kg. de carne, pero para adquirir un caballo necesitaban trabajar más de 30 meses sin parar, sin derechos y sin más gasto que el pretendido equino. En síntesis, la idea del castellano a caballo queda reducida así a un minúsculo grupo de poder, que estimaba mucho más su fortuna ecuestre que la vida de sus propios vasallos.

Para explicarnos mejor reflexionemos con otros contextos más cercanos. Recientemente, el periodista mendocino Juan Pablo Rojas les recordó a los nostálgicos, que aún añoran los tiempos de la convertibilidad de $1 = 1 cerveza, que en 1998 con un salario mínimo vital y móvil se podían comprar 266 birras, mientras que en el 2015, con un piso salarial de $5.558, el poder de compra alcanzaría a las 440 rubias mensuales a precios debidamente cuidados. O sea que, siguiendo el teorema de Rojas, el aumento de las facultades adquisitivas de la clase obrera en la década ganada no hizo más que incrementar el alcoholismo lo cual, sumado al torrente de divisas de la ANSES que se han vertido por la canaleta del juego y de la droga, nos lleva a concluir que estábamos mejor en el neoliberalismo de los ´90 que te mataba de hambre pero no de adicciones.

Pero volvamos a la mezcolanza del poder adquisitivo y los caballos, o mejor dicho de los autos, que serían como los pingos del siglo XXI, ¿no? En los últimos años además de aumentar la compra-venta de cervezas, fasos y fichines de casino, también se transaron más autos. Según datos oficiales, en el año 2003 se patentaron en Argentina un poco más de 146 mil automóviles. Diez años más tarde la cifra trepó a casi 964 mil. En apenas una década la compra de 0Km se multiplicó por más de seis veces y medio a nivel nacional y por más de diez veces en la provincia de Mendoza.

Para mí -como para un tal Perón- hay solamente dos clases sociales: los que trabajan y los que viven de los que trabajan. Sin embargo, es usual que se definan las fronteras por altitudes de ingresos, en clases baja, media y alta. En ese esquema la variable identitaria fundamental sería el poder de compra y aquí la posibilidad de acceso al cero ka eme marcaría el peldaño concluyente en la escalera del supuesto ascenso social, desde el suelo al medio. Es por eso que si tomamos los automóviles como patrón de subida, las inmanipulables cifras mencionadas demostrarían el engrosamiento social de la franja de los medieros en los últimos años. La burda ecuación sería en consecuencia: + autos nuevos = + clase media.

Entonces, ¿cuál es el precio que se cobra el tan ansiado escalón? o sea, ¿cuánto cuesta un 0km? Pongámosle -sin discutir modelos, gamas, puertas, ni combustibles- que sale $ 140 mil. Bueno, un trabajador argentino que cobre el salario mínimo vital y móvil debería juntar 25 meses de sueldos -con todos los derechos asegurados- para adquirir un auto nuevo, sin probar bocado, ni estrenar camisa, ni pagar alquiler, ni nada de nada.

En consecuencia, resulta de notoria obviedad que, aunque cada vez sean más comunes los flamantes automotores nacionales e importados poblando las calles y rutas, son sólo algunos los que tienen el poder para adquirir la llave de la puerta del paraíso de la mediana clase, donde nos esperarán los familiares y amigos para, ¡por fin!, congratularnos por el nuevo status.

Además del autito, tener empleados que laburen para uno sería otra de las marcas del linaje medio. Hace unos días escuché a un odontólogo que le decía a otro antes de subirse a su 4×4: “yo ya no quiero trabajar más, me ha llegado la hora en que otros trabajen para mí”. Y pensé, de puro prejuicio nomás, que ese tipejo es una especie de arquetipo del clasemediero -pequeño burgués disfuncional, si cabe el término- que sueña con vivir de los que trabajan, pero apenas le da para soportar la frustración de contratar a una “empleada” para las tareas de la casa y el cuidado de los chicos.

Entes oficiales calculan que en la Argentina hay más de 1 millón 130 mil trabajadoras de casas particulares, que representan a 1 de cada 5 mujeres asalariadas. Muchas de ellas trabajan para los mediopelo. En 2013, cuando se sancionó la ley que reconoce en plenitud los derechos laborales de las compañeras de casas particulares, 220 mil trabajadoras estaban registradas. Desde entonces hasta 2015 ese número se duplicó, hoy son 475 mil las obreras formalizadas. El avance laboral es notable, la toma de conciencia y responsabilidad nada menores, pero aún el 60% está pendiente de ser reconocida por sus empleadores.

Esto me precipita a conjeturar que nuestras queridas y pujantes familias de clase media compiten palmo a palmo con el empresariado y los Estados en el denominado “negreo” laboral. Y es aquí donde voy a profundizar mi asociación libre entre autos y trabajadoras, apuntando a aquell@s garc@s a los que todavía les parece injusto pagar $230 mensuales de ART para la “chica” que cuida a sus hijos, pero abonan sin chistar y puntualmente los $600 que mantienen asegurados sus autos; a los que aún creen que $35 por mes de contribuciones patronales para la “doméstica” son un gasto insostenible, pero no escatiman $400 para mantener todo el mes el coche lavadito; a los que putean por los $40 de remuneración por hora que fijó la paritaria de las “señoras” que cocinan sus almuerzos, pero ni pestañean cuando una playa les cobra $50 por estacionar el último modelo durante un par de horas en el centro; a los que se sienten engañados cual sirvientita tucumana cuando la “mucama” les reclama el aguinaldo que ellos mismos le robaron para gastárselo en un cambio de aceite y filtro en la últimas vacaciones; al primate del Mini Cooper que cuando lo chocaron se consoló pensando que los fierros se enderezan pero aquella vez que la “mujer que ayuda en casa” se cayó de la bicicleta le descontó el día por el ausentismo.

En fin, desde aquí les tiramos piedras a los tipos y las minas que, cuales señores medievales aferrados a sus caballos, valoran más sus autos que la dignidad de las pretensiosas trabajadoras que, como “La Juana” de la canción de María Elena Walsh, cuando tienen techo y pan también quieren la ventana.
(Estimad@ lector@: si sos de los que alcanzaron el soñado 0Km y todavía no registrás a la mujer que trabaja en tu casa, sos un@ garc@. Pero no te preocupés, con sólo un clic dejarás de serlo. Ingresá a http://www.afip.gob.ar/casasParticulares/ y enterate)

 

Ricardo Nasif en http://la5tapata.net/cuanto-cuesta-ser-clasemediero/

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