Nuestro columnista de los sábados, esta vez se tomó un respiro de su columna políticas y nos trae un relato emocionante sobre su experiencia a la hora de presentar su libro a presos en el penal de Almafuerte.
Por Juan Jofre
De mi madre aprendí de muy chico una de esas lecciones eternas: todas las personas tienen su parte buena, y nada mejor que vivir sin andar juzgando a los demás. Lo aprendí por oírlo, pero, sobre todo, por el ejemplo. Por esa influencia, los años de formación en el cristianismo, sumado a la militancia humana y política, hicieron que desde hace mucho tiempo sintiera las ganas de ir a una cárcel, a compartir, escuchar, conocer.
El libro crónicas mundiales me ha llevado a muchos lugares, y ahora me permitió entrar al CENS “Un espacio de libertad” del penal Almafuerte, por invitación de la profe Laura Mendoza. Escribiré acá un breve relato de lo que fue esa experiencia, con el objetivo de agradecer a quienes me recibieron, y tal vez aportarle un empujoncito a quienes leen, para escribir, visitar, compartir, escuchar.

“Aquí podemos ver el cielo” dijo el Mariano en la primera conversación que entablamos, y en mí comenzó a andar la máquina de percibir sin prejuicios. Me dispuse a vivirlo, disfrutarlo, estando ahí, en ese momento, sin pensar en nada más.
Arranqué tranquilo, ocupando el lugar del centro de la escena, en una mesa al frente, vestido con mi guardapolvo blanco de maestro, y les pedí que armaran ronda. Para salir de la posible tensión inicial conté rápidamente por qué había escrito mis crónicas mundiales, cómo lo había hecho, qué pensamientos y sentimientos me había generado el mundial y la escritura.
La charla fluyó y algunos no tardaron en contar como vivieron el mundial. “Todavía tengo la alegría adentro, es como que nunca pude festejar”, dijo Lucas, el primero en romper el hielo, y contarme que había visto el mundial “adentro”, que fue algo único, que lo vivieron con todo, pero que tiene la sensación de no haberlo podido festejar de verdad, en la calle, con los suyos, con los desconocidos, con todos. “Ahí me cayó la ficha de que estaba guardado, y que no tenía libertad”. Pausa mediante, agregó que espera poder un día vivir algo así de grande estando “afuera”, “para poder sacarme toda esta alegría que me quedó adentro”.
César, “el tío”, un hombre más grande, paciente, que ejerce la escucha y mira con sabiduría, emitió una dura sentencia: “a mí no me gusta el fútbol, nunca me llamó la atención, pero me gusta escribir”. Lo que podría haber sido una amenaza para mi charla, terminó siendo una gran oportunidad, porque luego de escuchar a César, armamos grupos, donde relataron y escribieron sus experiencias durante el mundial.
Mientras algunos se iban contando sus recuerdos y se organizaban para escribir, llegó el “Mati”, que venía de ganar un concurso con un cuento. Se sentó a mi lado, me lo dio para que lo lea, y me contó que ya terminó el CENS y que está cursando Ciencias Políticas en la Universidad. “Allá afuera fui siempre un desastre, una rata inmunda… me compuse acá adentro” dice, y reímos todos los que escuchamos. Su cuento, es una historia sobre el valor y la importancia que tiene la educación para que los pueblos salgan adelante. Cuando terminé de leerlo, lo miré y no alcancé a decirle nada, porque cerró la posible conversación con la frase: “a mí me gustaría que todos pudiéramos estudiar”. No pude agregar nada más.
El Lucas no se movió de su silla ubicada en frente mío. Me estudió todo el tiempo, y me dijo que a él no le gustaba escribir, que me iba a contar las cosas y que después, cuando yo publique, sea famoso y me llene de plata, me acuerde de él y le tire unos mangos. Otra vez, reímos de lo lindo. Me contó todo lo que han leído estando “adentro”. El tato se sumó a la charla y me dijo que de ahí sacó todo el vocabulario que tiene, y es real, utiliza muchas palabras para expresarse.
Dijeron que gracias al CENS y a la biblioteca han podido conocer lo lindo que es leer, y que se han dado cuenta que sus vidas hubieran sido diferentes de haberlo hecho antes. Largo rato hablamos ahí, de libros, escritores, de la importancia de las palabras para expresarse y, entre los diálogos y la creciente confianza, algo de sus historias se fue filtrando. Al mismo tiempo, otros seguían trabajando en grupo e iban escribiendo.
El César no se movió de mi lado, escuchaba todo. Casi no habló. Hasta que yo pregunté por una persona a quien quiero encontrar y él conoce muy bien. Ahí charlamos de lo lindo. “Visitalo, le va a hacer bien”, me dijo. El tato, aportó su opinión sobre la persona que yo buscaba: “no es mal perro, solo ha estado mal atado”. Ando con ganas de escribir sobre esa persona desde hace demasiado tiempo, por eso me animo a decir que esta historia tal vez continúe.
Llegó la hora de compartir y escuchar lo escrito. El grupo de Cristian, Carlos, Alexander y Mariano, decidieron escribir y leer una gran anécdota que este último contó. Muy hincha de la lepra mendocina, el relato narra la experiencia del partido en el que Independiente Rivadavia ascendió. Ese sábado, en el penal se cortó la luz, y tuvo que alquilarle a otro preso una radio a pilas y sacar las manos por una ventana para agarrar bien la señal. Describieron la escena con lujo de detalles, y me regalaron la hoja escrita, para que la guarde de recuerdo.
Otro grupo, compuesto por Marcos, Exequiel y Nicolás, escribieron y luego nos contaron cómo vivió cada uno el mundial, con relatos profundos, graciosos, nostálgicos, emocionantes y emocionados.
El tato, al lado mío, dijo “yo voy a leer, pero escribí de otra cosa”. Tomó aire y con una voz de locutor leyó hermosamente un texto que rescataba el domingo como momento de encuentro de la familia y de vivencia de las tradiciones. “Extraño a mi vieja” expresó al finalizar el relato.
Foto, abrazos, un libro mío que quedó dando vueltas para que lo lean. Una promesa de volver, y la hora que marcaba el momento de terminar el taller. Ellos, en su “espacio de libertad”, leyeron y contaron; rieron, hicieron algo distinto que por momentos los hizo olvidar de que llevan su vida “del otro lado del muro”, encerrados, privados de la libertad.
Yo, conmovido, con muchas sensaciones en mis adentros, me di cuenta que por un rato me permití ser lo que tantas veces desee: un escritor que compartía un tiempo con desconocidos, promoviendo la lectura y la escritura con el fútbol como excusa.
Viajé de regreso a casa valorando muchas cosas, pero sobre todo repensando sobre qué pocas veces usamos la libertad los que “estamos afuera”, cuántos momentos realmente hacemos cosas que nos gustan, que nos hacen bien… me pregunté largo rato sobre cuál será el “espacio de libertad” de cada uno de nosotros. Fui a enseñar, y salí lleno de aprendizajes… quizás ese sea el sentido más profundo de la educación, compartir lo que hay dentro, y soñar imaginando posibles…
Ahora que lo escribo, pienso que tal vez algo de eso, sea la libertad.







