Valle de Uco, Lunes 20 de Agosto 2018
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Por: Estefanía Tello

Hace algunos meses inauguró “Atipana” y cumplió su sueño.

Miriam Chávez es una mujer de 51 años, oriunda de Bolivia. Hace 30 años llegó a la provincia de Mendoza y aproximadamente lleva 15 años viviendo en el departamento de San Carlos, en un callejón comunero llamado El Pino, del distrito de Eugenio Bustos.

Miriam una cocinera muy reconocida en el ambiente; trabajó mucho tiempo en O.Fournier y su relación con la cocina, el amor por los sabores y su gran experiencia, la llevaron a concretar el sueño de convertirse en la dueña de su propio restaurante, actualmente ubicado en Las Pérgolas de Vista Flores.

El Cuco Digital entrevistó a Miriam y contó sobre su llegada a la Argentina, sus comienzos en la bodega Fournier y su gran esfuerzo de poder tener su propia cocina.

-¿Miriam, cómo llegaste a la Argentina y específicamente a Mendoza?

Bueno, la historia comienza así: mis padres se encontraban viviendo en Salta, en un momento determinado se cruzan a trabajar al país vecino de Bolivia y allí nací yo. Luego de haber estado un tiempo trabajando en la tierra decidieron regresar a Salta donde viví mi infancia; recuerdo que se llamada El Cerrillo el pueblito donde me crié. Con el tiempo mis padres tomaron la decisión de mudarnos a la provincia de Mendoza y así llegue acá.

Mi padre siempre me enseñó a mí y a mis hermanos a trabajar la tierra, así que aprendí hacer el trabajo de campo y me convertí en una trabajadora golondrina. Con el tiempo hice mi familia y me instalé en San Carlos; trabajaba en la viña en la finca de Chandón y un buen día me enfermé, me broté y me agarró alergia en el cuerpo.

-Entonces, ¿ese fue el momento donde conseguiste trabajo en la bodega Fournier?

Exactamente. Una vecina se enteró que me había enfermado y que estaba sin trabajo; ella era empleada de la bodega Fournier y me dice: “Miriam, este fin de semana hay un evento gastronómico en la bodega, viene Luis Miguel, ¿te gustaría trabajar?”. Y la verdad que no lo pensé, le dije que si, y me pusieron a cargo de los baños. Quiero aclarar que al final no era Luis Miguel, el verdadero, sino uno “trucho” (se ríe).

Después de ese evento me siguieron contratando; fui haciendo todo tipo de trabajo, lo que me pedían. Me fui ganando la confianza de los dueños y también de mis compañeros, hasta que un día me pusieron a cocinar, y lo hice con mucha pasión. El dueño de Fournier, Ortega, me dijo que tenía un don para la gastronomía y no se equivocó, había encontrado mi oficio, amaba hacerlo.

Con el tiempo me fui perfeccionando, aprendía día tras día y fui creciendo en mi rubro. Llegaron a invitarme dos veces a Estados Unidos, a eventos importantísimos; realmente me empezó a ir bien y yo continuaba adquiriendo conocimientos.

-¿En qué momento comenzaste a emprender tu sueño de tener tu propio restaurante?

Bueno, en un momento a la bodega le comenzó a ir mal, empezaron los problemas económicos y yo también me vi afectada por la situación; las boletas en mi casa no me esperaban y había cosas que pagar, entonces pensé que lo mejor era retirarme y comenzar a generar dinero por otro lado. Estuve 5 meses sin trabajar y me terminé enfermando, ahí fue cuando me dí cuenta que tenía que ponerme hacer algo rápido porque me estaba deprimiendo.

Comencé a trabajar en un local gastronómico de la zona, luego hice servicios de catering, pero sentía que en algún momento debía animarme a cumplir mi sueño. Yo tengo tres hijas mujeres, les comenté que deseaba abrir un restaurante y que sería bueno comenzar a buscar un local y de a poco veríamos cómo ir avanzando, el asunto era comenzar; ellas estuvieron de acuerdo y me ayudaron.

Un buen día buscando locales para alquilar, encontré en el paseo de Las Pérgolas en Vista Flores un local desocupado, me pareció hermoso, estratégico y un lugar para cumplir mi sueño de tener un restaurante. Así que mi hija Yanina, que se ha convertido en mi socia porque es quien me ayuda en todo, estuvo de acuerdo en que encaramos este lindo proyecto allí y un grandioso día abrimos el local.

-¿Cómo les está yendo?

Para ser sincera, muy bien. Yo soy una agradecida de la vida. La inflación no me ha hecho mucho daño, estamos muy bien organizadas. Atendemos a dos clases de público, al local y al turista o extranjero. Tengo un menú de comidas muy accesible para ambos, entonces es una linda propuesta. Hay que ser considerados con la gente que quiere pasarla bien y disfrutar de un buen momento. También me ha beneficiado cocinar con hortalizas orgánicas, mi papá tiene una huertita y aparte de cocinar sano les puedo ofrecer un plato accesible al comensal.

-¿Cuáles han sido los desafíos a los que has tenido que enfrentarte?

Lo económico es el principal desafío a la hora de encarar un proyecto. Te voy a decir la verdad, el restaurante me ha costado tanto como parir un hijo. Lo hice nacer a puro pulmón, sacando prestamos, organizándome muy bien con el dinero para los proveedores, el alquiler, los impuestos, así que es todo un reto. Pero agradecida de poder hacerlo.

También me resultaban un desafío las bodegas que hay en la zona, porque Atipana, así se llama mi restaurante, está rodeado de bodegas y eso me preocupaba un poco. Son grandes monstruos esas empresas y se me hacía difícil pensar en competir con ellas. Pero me pasó todo lo contrario, en vez de competir me hice amiga, me alié, y logré comenzar a trabajar con ellas.

-¿Qué significa “Atipana”, el nombre del restaurante?

Significa vencer o triunfar, es una palabra en quechua. Quiere decir que después de los grandes sacrificios y esfuerzos viene el triunfo.

-Miriam, ya cumpliste tu gran sueño, ¿tenés otro?

Si, tener mi propio local, es decir, un lugar físico que no tenga que alquilar, que pueda tener mi propia huerta y vivir ahí mismo. Sería un gran deseo por cumplir. Todo se puede lograr sólo hay que confiar y hacerlo con fuerza, con ganas, con pasión.

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