La literatura vuelve una y otra vez sobre la figura del traidor para recordarnos algo incómodo: los pactos existen aunque se los niegue, y romperlos sin asumirlo no borra la traición, solo la vuelve costumbre.
Por Verónica Diez
“La traición es una cuestión de fechas.”
Jorge Luis Borges
Vuelvo una y otra vez a la figura del traidor. No por obsesión teórica ni por afán de justicia moral, sino porque cada vez que la literatura la pone en escena, algo personal se activa. Leo traiciones antiguas y, casi sin darme cuenta, empiezo a leer el presente. Me descubro subrayando escenas escritas hace siglos como si hablaran de ahora
.Tal vez porque no hay comunidad sin pacto.
Y no hay pacto que no pueda romperse.
El traidor estaba adentro
El traidor no es simplemente quien cambia de bando. Es quien revela que la pertenencia nunca fue tan sólida como creíamos. Por eso incomoda. Porque no viene de afuera. Porque habla nuestra lengua. Porque conoce las reglas del juego. Porque, como suele pasar, estaba adentro.
En la tradición clásica, la traición aparece ligada a un orden moral fuerte. Judas Iscariote inaugura una genealogía en la que traicionar no es solo fallar, sino romper una promesa absoluta. Dante no vacila: en La Divina Comedia reserva el último círculo del Infierno para los traidores. No hay fuego ni castigos espectaculares: hay hielo. La traición no quema, congela. No es exceso de pasión, es retirada del lazo.
Pero incluso en los textos fundacionales la figura es menos estable de lo que parece. En La Ilíada, Aquiles no traiciona de manera explícita: se retira. Suspende el pacto. Deja de cumplir. Ese gesto, el de correrse, el de dejar de sostener, resulta inquietantemente actual. La lealtad no aparece como virtud natural, sino como acuerdo frágil, revisable, condicionado. Algo que puede romperse cuando el contrato deja de parecer justo. O cuando alguien decide reescribirlo sin consultar a nadie.
Shakespeare coloca el problema en el centro de la política. En Julio César, Bruto traiciona en nombre de la república. “No es que amara menos a César, sino que amaba más a Roma”, dice. La frase sigue funcionando porque el razonamiento no envejece. La traición se presenta como gesto ético, como sacrificio necesario, como decisión incómoda tomada por el bien común. No se traiciona por interés: se traiciona por convicción.
A partir de ese gesto, la traición deja de ser una excepción trágica y empieza a repetirse. Ya no ocurre una vez: se vuelve método. Ya no necesita héroes: necesita sistemas.
En la literatura latinoamericana, ese dilema deja de ser excepción y se vuelve regla. En El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, nadie es leal porque nadie está a salvo. El poder produce delatores del mismo modo en que produce miedo. En Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, la traición se dispersa en documentos, correcciones, versiones que se pisan y se contradicen. Todo texto es sospechoso. Toda palabra puede volverse en contra de quien la pronuncia. El lenguaje deja de ser refugio y se transforma en territorio en disputa.
Roberto Bolaño lleva esta lógica al campo cultural. En Nocturno de Chile, un sacerdote y crítico literario piensa en poesía mientras el país se desangra. “Así se hace la literatura en Chile”, dice. Es difícil leer hoy esa frase sin sentir que todavía nos interpela. Aquí la traición no consiste en denunciar, sino en callar; en embellecer; en seguir hablando de lo propio mientras lo común se derrumba. A veces no hace falta traicionar activamente: alcanza con mirar hacia otro lado.
El relato que borra el pacto
La literatura argentina ha pensado esta figura con una lucidez particular. Borges la vuelve estructural. En “Tema del traidor y del héroe”, la traición no destruye el mito político: lo vuelve posible. El traidor debe morir para que la comunidad conserve una épica limpia. Cada relectura deja la misma inquietud: la historia necesita culpables funcionales. En “La forma de la espada”, el traidor queda marcado para siempre, condenado a narrarse como tal. La herida no cicatriza: se cuenta.
Ricardo Piglia retoma esa tradición y la cruza con la política nacional. En Respiración artificial, la traición no es un acto aislado, sino una herencia: archivos incompletos, silencios familiares, pactos no dichos. Leo esa novela y pienso que buena parte de nuestra historia se escribió así: no solo con gestas, sino con omisiones cuidadosamente administradas.
En la literatura de la dictadura, la figura se vuelve casi insoportable. En Dos veces junio, de Martín Kohan, la traición es burocrática, neutra, administrativa. No hay grandes dilemas morales: hay formularios, órdenes, lenguaje técnico. En La casa de los conejos, de Laura Alcoba, la pregunta por la lealtad se desplaza hacia la infancia. ¿Cómo ser fiel a una causa que apenas se comprende? ¿Cómo no traicionar cuando sobrevivir ya es, de por sí, una forma de culpa?
Hay una forma de traición que la literatura tardó en nombrar y que todavía incomoda: la que recayó sobre las mujeres sobrevivientes de la dictadura. Putas y guerrilleras, de Miriam Lewin y Olga Wornat, junto con textos como En estado de memoria de Tununa Mercado, los ensayos y ficciones de Elsa Drucaroff o Diario de una princesa montonera de Mariana Eva Pérez, exhiben con crudeza esa doble violencia. Primero el Estado; después la sospecha. Sobrevivir fue leído como prueba de culpa.
El cuerpo femenino, violentado, fue interpretado como acuerdo, como cálculo, como traición. Aquí la palabra se desarma: ya no nombra un acto, sino una forma de mirar que se niega a pensar el terror, la coerción y la desigualdad radical de poder. No hubo traidoras. Hubo mujeres traicionadas por el Estado, por la sociedad y por un lenguaje que, durante demasiado tiempo, no supo cómo nombrar la violencia sin volver a ejercerla.
La literatura contemporánea insiste en una idea difícil de esquivar: el poder absoluto fabrica traidores. Cuando hablar es peligroso y callar también, la lealtad se vuelve una exigencia imposible. María Moreno lo escribe con precisión incómoda en Oración: “no siempre callar es traicionar ni hablar es resistir”. Leerla obliga a abandonar la comodidad moral. En ciertos contextos, la palabra no salva ni condena: apenas expone. No se trata entonces de individuos defectuosos, sino de sistemas que empujan a elegir mal. Autores como Carlos Gamerro o Samanta Schweblin, desde registros distintos, muestran cómo la violencia política, económica y/o simbólica erosiona cualquier pacto previo hasta volverlo irreconocible.
Tal vez por eso la figura del traidor vuelve con tanta insistencia, aunque rara vez se la nombre. A veces reaparece en la política local, en esos lugares donde todos se conocen y los pactos no se firman: se prometen. Donde una palabra dicha a tiempo alcanza para sellar un acuerdo, y otra, dicha demasiado tarde, ya no alcanza para sostenerlo.
Pienso entonces, otra vez, en Borges. En “Tema del traidor y del héroe”, la traición no irrumpe como escándalo: se organiza. Se corrige. Se narra de otro modo. El traidor debe morir para que la historia conserve una épica sin fisuras. El pacto roto no se discute: se reescribe. Lo importante no es la verdad, sino que el relato siga funcionando.
Algo de eso ocurre también en las comunidades pequeñas, donde la política no es abstracta y los vínculos no son anónimos. Juan José Saer lo narró con una insistencia casi obsesiva en novelas como Nadie nada nunca o La pesquisa: en pueblos donde todos se conocen, la violencia rara vez irrumpe como acontecimiento espectacular. No siempre hay un gesto explícito; a veces hay apenas un corrimiento, una escena que se ajusta, un silencio que ordena el sentido de lo ocurrido. La traición no se proclama: se vuelve relato aceptable. Y, con el tiempo, costumbre.
Escribo sobre traidores porque no logro leerlos con distancia. Porque cada vez que la literatura los pone en escena me obliga a revisar mis propias comodidades, mis silencios, mis acuerdos tácitos. Y porque sospecho que leer, volver sobre esas historias, demorarse en ellas, sigue siendo una forma mínima, frágil, de resistirse a que los pactos se borren sin dejar rastro.
El traidor no es el que rompe el pacto, sino el que logra que nadie lo recuerde.
¿Qué historias estamos aceptando para no mirar de frente los acuerdos que se rompieron?
¿Qué relatos tranquilizadores elegimos creer cuando la memoria empieza a incomodar?
¿En qué momento empezamos a llamar madurez política al olvido?
¿Y qué pactos aceptamos romper sin siquiera admitir que alguna vez estuvieron ahí?
Borges lo escribió como quien deja una trampa mínima en el lenguaje: “la traición es una cuestión de fechas”. Tal vez leer literatura siga siendo una forma modesta, pero persistente, de devolverle peso a las palabras antes de que se vuelvan costumbre.
Y ustedes? ¿Qué historias de traiciones tienen?
“La historia es la versión de los hechos que alguien logró imponer.”
Jorge Luis Borges





