Valle de Uco, Martes 17 de Julio 2018
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CambioLa pregunta por el tiempo es uno de esos grandes interrogantes que debería dejarnos sin sueño al menos una noche de nuestras vidas. Nadie más o menos sensato tendría que esperar asistir a un velorio para recién, al mirarle los ojos cerrados al difunto, comprender la finitud y suspirar frases tan manidas como el no somos nada o el parece mentira si ayer estuve con él.

El nacimiento puede ser inicio de la vida o comienzo de la muerte, depende del dramatismo, el autoengaño, la esperanza o la inconsciencia de cada uno. En el pueblo donde me crié la vida sigue siendo una celebración permanente, aunque recuerdan los sabios tonaderos que de los cuernos y de la muerte no se salva nadie. He conocido algunos casos puntuales sobrevivientes de la primera sentencia, más de la segunda aún no se registran datos y el cementerio está cada vez más lleno.

En el mismo Martín Fierro, donde dice que no hay tiempo que no se acabe ni tiento que no se corte, José Hernández logra que un personaje -El Moreno- indague en contrapunto a Martín Fierro sobre uno de los dilemas fundamentales de todas las época: Si responde a esta pregunta/ téngase por vencedor/ doy la derecha al mejor,/ y respóndame al momento:/ ¿cuándo formó Dios el tiempo/ y por qué lo dividió? Fierro, descuella en la respuesta: Moreno, voy a decir,/ sigún mi saber alcanza:/el tiempo sólo es tardanza/ de lo que está por venir;/ no tuvo nunca principio/ ni jamás acabará,/ porque el tiempo es una rueda,/ y rueda es eternidá./ Y si el hombre lo divide,/ sólo lo hace, en mi sentir,/ por saber lo que ha vivido/ o le resta que vivir.

Heráclito (nacido en Éfeso –actual Turquía-, 2400 años antes del Martín Fierro), reflexionó, con menos rimas que Hernández pero con similar profundidad, sobre el movimiento como revelación del paso del tiempo. Todo fluye, nada permanece, todo es inestable y mutable, decía Heráclito. El devenir es constante como un río, como ese agua que ha pasado debajo del puente y que no volverá nunca más a pasar. Un cauce al que un hombre no puede entrar dos veces, porque si se sumerge nuevamente ni el río ni él serán los mismos. El devenir, el movimiento, se explican por la existencia del conflicto, la contradicción, y es por eso que sin cambio la temporalidad no existe.

Según malversados arqueólogos, en ruinas de muros de Éfeso se han encontrado inscripciones aerográficas, en una lengua extraña, con la consigna: “El cambio es irreversible”. Los investigadores del relato se las habrían atribuido al camporista Heráclito.

Otro compañero pero de la derecha de Estagira,  un tal Aristóteles, dijo en el siglo IV antes de Cristo que la única verdad es la realidad, que sin movimiento no hay tiempo, sin tiempo no hay movimiento y sin alma -o mente- que perciba el movimiento se acaba la temporalidad.

Las ideas del tiempo cíclico, presentes en el pensamiento y la espiritualidad de muchos pueblos ancestrales del mundo, choca con las concepciones cristianas del origen preciso y el fin determinado de la vida terrena. Santo Tomás de Aquino en una brillante disquisición filosófica, desarrolló cinco vías de demostración de la existencia de Dios. La fundamental, para mí, es la que apela a la idea del movimiento. Sintéticamente dice el gordo Tomás: nuestros sentidos nos demuestran que hay cosas que se mueven, aunque no siempre estamos atentos a que ese movimiento tiene como origen otra cosa, que todo es movido por otro, en una especie de sucesión de piezas de dominó en irrefrenable caída en serie, que necesariamente debe reconocer un dedo que lo provocó todo, un primer motor no movido por otro, imperturbable. Ese primer motor inmóvil es Dios, en palabras de Tomás.

La pregunta sobre el tiempo no encuentra, afortunadamente, respuestas definitivas en la filosofía, mucho menos en la física, dónde hoy andan los científicos buscando agujeros negros y pasadizos interestelares, como si no nos fuese suficiente con esta dimensión existencial, de leales probablemente gorreados y vivos seguramente muertos.

En la política concreta, aunque no parezca, las encendidas polémicas sobre la temporalidad lo subyacen todo. Durante muchos años, desde fines del siglo XIX, una corriente positivista estuvo convencida de la linealidad del tiempo, del progreso inexorable e indefinido, de una humanidad cada vez mejor, pero el proyecto y la dignidad se estamparon por todos lados con los incontables genocidios del siglo XX y la destrucción sistemática del planeta. Por otro lado, en la cabezota peluda de Karl Marx y en sus escritos sin bellos de lengua, hay un determinismo temporal, una sucesión dialéctica de procesos contradictorios y superaciones. Para Marx, el capitalismo sería superado más temprano o más tarde, pero sí o sí, por el comunismo y, finalmente, un mundo sin clases sociales. Pero ya vemos que aún el proletariado, con suerte, puede ir a llenar el changuito al supermercado.

El 25 de mayo de 2003, un presidente y poco convencional pensador argentino, pronunció en su discurso de asunción la palabra “cambio” casi veinte veces. En uno de los párrafos salientes de su conmovedora alocución, Néstor Kirchner dijo: “Por mandato popular, por comprensión histórica y por decisión política, ésta es la oportunidad de la transformación, del cambio cultural y moral que demanda la hora. Cambio es el nombre del futuro.”

Hoy, en ese futuro predicho por Kirchner en el que las cosas innegablemente cambiaron, nos guste o no les guste, todos los candidatos presidenciales invocan ese término ineludible como eje de sus campañas, desde los que abogan por el oxímoron de la continuidad del cambio, hasta los que expresan pensamientos que como medias reversibles, a la primera de cambio mudan en su doble faz.

Decía el filósofo salteño Cuchi Leguizamón, que el cambio para mal no existe, que lo que pueden existir son personas que desacrediten el cambio. Me resulta electoralmente aplicable esa idea: hay candidatos reformistas, gradualistas y, por qué no, revolucionarios que, con mayor o menor convicción y capacidades, proponen transformar para bien la vida concreta del pueblo y otros, reaccionarios, conservadores, falsificadores del cambio, quienes pretenden que el futuro sea el tiempo de sólo unos pocos.

En esa tardanza de lo que está por venir, en la que nadie zafa de la muerte ni de los cachos, esperemos al menos no ser engañados.

Ricardo Nasif en http://la5tapata.net/el-cambio-es-irreversible/

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