Valle de Uco, Martes 25 de Septiembre 2018
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zapateroHace unos días escuchaba una grabación de Roberto Goyeneche cantando Mi tango triste, y me detuve –creo saber por qué- en los versos del Polaco, donde frasea como nadie en este universo: “Y se arrastró hasta mí la sombra de otro amor / y de otra voz que te llamaba / y me sumiste en un pasado que luchaba por querer volver.” Y me acordé que alguna vez lo escuche al mismo Goyeneche decir que el tango no es triste, que el tango en realidad es dramático. Dramático. Esa es la palabra que mejor define este tiempo corto que estamos viviendo, la coyuntura que confluye al punto del almanaque que señala el 22, y hacia allá vamos como bichos de luz imantados por el fuego.

Son días de ansiedades, miedos, incertidumbres y esperanzas muchos menos largas que las de los más pobres y, en el medio del ruido, escucho la voz clara de Alejandro Dolina en un programa de TV hablando de su vecino zapatero quien en los últimos años ha mejorado su comercio, aumentado sus ventas, empleado más trabajadores, sin avizorar quizá que amenaza en el horizonte la posibilidad económica de la liberación de las importaciones y con ello el malón de zapatos de todo talle made in China, la imposibilidad de competir de la industria nacional, el cierre de fábricas y comercios, el despido de trabajadores… en suma: la destrucción del mercado interno.

Vale la pena verlo al Negro Dolina explicando con tanta simpleza y contundencia una de las pugnas económicas tan viejas como el propio capitalismo, esa tensión entre librecambio versus proteccionismo..

Y como cosa de Mandinga o de vaya a saber que otro angelito leal, mientras estudio la historia moderna de España para un examen, me encuentro con este párrafo del investigador conservador José Luis Comellas:“… en lo que se refiere al comercio exterior, estaba el país dividido entre las tendencias proteccionistas y las librecambistas, aunque predominaban las primeras. Todos estaban de acuerdo en que debía existir libertad de comercio entre los españoles. Pero ¿debía extenderse esta libertad al exterior? Los proteccionistas opinaban que suprimir aranceles de entrada a los productos extranjeros equivalía a hundir nuestra industria, que no estaba en condiciones de mantener la competencia; en tanto que los librecambistas estimaban que el sistema de protección favorecía únicamente a los industriales, que podían enriquecerse sin riesgo de competencia, en tanto que cerraba al pueblo el acceso a la baratas manufacturas extranjeras. A esto respondían los proteccionistas con el argumento de que si tenían que cerrarse las fábricas españolas, los primeros perjudicados serían los obreros; e insistían en la necesidad de proteger la producción nacional. La disputa se prolongó por todo el siglo.”

No habla Comellas ni de Argentina, ni de este siglo, sino de la España del XIX. Pero aquí también, en este fin del mundo tan lejos de Europa, la definición por la dependencia o la libertad económica  resultaba central para pensar el proyecto de país.

Disculpen que abuse de las citas, pero en estos días los libros de historia me han visitado con mucha actualidad. Desde hace unos meses vengo saldando una vieja deuda con Eduardo Galeano y, leyendo por primera vez (¡!) Las venas abiertas de América Latina, nos descubrimos las palabras y yo en estas líneas:“El cónsul inglés en el Plata, Woodbine Parish, describía en 1837 a un recio gaucho de las pampas: «Tómense todas las piezas de su ropa, examínese todo lo que lo rodea y exceptuando lo que sea de cuero, ¿qué cosa habrá que no sea inglesa? Si su mujer tiene una pollera, hay diez posibilidades contra una que sea manufactura de Manchester. La caldera u olla en que cocina, la taza de loza ordinaria en la que come, su cuchillo, sus espuelas, el freno, el poncho que lo cubre, todos son efectos llevados de Inglaterra». Argentina recibía de Inglaterra hasta las piedras de las veredas.”

Apenas unos años más tarde, en 1845, los barcos ingleses y franceses intentaban imponer a cañonazos el comercio libre en el Río de Plata, amenazado por las restricciones a las importaciones que fijó el gobierno bonaerense de Juan Manuel de Rosas. Porque resulta que aquí, hace ya 170 años, la discrepancia entre el mercado y el Estado era crucial. El debate por la apertura total o la regulación del comercio exterior ya estaba instalado.

Pese a la resistencia de los patriotas, triunfó la mano visible y violenta de la libertad de comercio. Desde entonces el dilema nos viene persiguiendo, desde el fondo dramático de la historia hasta la puerta del vecino de Dolina, donde tiene su negocio el zapatero.

Ricardo Nasif en http://la5tapata.net/el-zapatero-y-sus-zapatos/

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