¿Qué leemos? ¿Por qué y cómo lo leemos?: cultura, vida e ideologías “La Literatura está más cerca de la vida que de la academia”

Por Verónica Diez
Atesoro una colección de libros que era de mi abuelo, es una colección vieja que salía en la década del 90 en un famoso diario argentino, la colección es buena: tiene títulos clásicos universales, son de tapa dura con letras muy llamativas, las hojas ya están amarillas.
La gente de edades más avanzadas sabrá y recordará perfectamente la llegada del diario papel a la casa con el libro, o el acercarse al puesto de diarios a buscar el número de la semana o de la quincena. “Épocas doradas”, diremos, pero no siempre todo pasado fue mejor.
¿Por qué los diarios difundían libros? ¿Qué libros difundían? ¿Qué autores? ¿Era esa una mera expresión de deseo de formar lectores? ¿Qué lectores?
La Literatura, como el cine y la música, son dispositivos de difusión de ideas, posturas éticas y políticas y anhelos de vida de todas las culturas que habitamos una Patria. A través de canciones y poemas conocemos formas de vida de la Patagonia, el Paraná y las montañas. Otros escriben proponiendo un mundo elegible y ahí juega fuerte la cultura mercantil, más estrecha a la ideología dominante que captan los medios industriales para crear el mainstream de cualquier época (el top 100, el best seller).
El proyecto de Sarmiento de leer y escribir tuvo una intencionalidad de arduo debate político ¿Qué perseguía? ¿La buena intención de garantizar derechos o que el pueblo acceda a otras formas culturales?
Siglo XX fue un baile literario al son que marcaba cada régimen político, tómese cualquier década a gusto y surgen unos y otros cuentistas, músicos y cineastas.
Este siglo culmina en la década del 90 en la que el Neoliberalismo cómo ideología dominante a nivel mundial logra consolidarse a través de los medios culturales, muchas editoriales argentinas cerraron sus puertas y con ellas muchos escritores y escritoras de nuestro país quedaron sin espacios para publicar o difundir sus obras. Fue el boom de escrituras livianas traídas de afuera. Solo los consagrados resistieron: Borges, Cortázar, Bioy Casares, García Márquez, entre otros, aunque ya no estuvieran vivos. Pero mientras eso sucedía en el campo hegemónico, es decir en la cultura dominante, por debajo nacían los jóvenes escritores, que post 2001 encontraron su lugar en las letras argentinas.
En ese entonces (y hoy también), las grandes maquinarias que difundían y decidían la Literatura eran los grandes medios de comunicación, que no solo imprimían noticias sino también libros: las editoriales eran de los mismos dueños que los diarios y noticieros. Lo que se leía era decisión de unos pocos y frente a la falta de acceso a la información o de acceso al libro, se leía lo que llegaba de manera más masiva.
De ahí que durante muchos años en las escuelas se hayan repetido libros incansablemente, generación tras generación. ¿Esto es malo? No, claro que no; lo que tal vez sea riesgoso es desconocer que detrás de muchas “lecturas obligatorias” se ocultan intenciones no tan literarias. Debemos conocer el entramado que hay detrás de cada autor /a y de cada editorial y tratar de contraponerlo a otras lecturas o posiciones que también tienen su intencionalidad.
El siglo XXI inaugura con un movimiento de escritores jóvenes que se inspiraron en el under de la crisis (Mariana Enríquez, Félix Bruzzone, Federico Falco, Samantha Schweblin, Leonardo Oyola, entre otros) y descorcha una sidra fresca con el algoritmo descarado y frontal.
¿Cuánta diferencia hay con el pasado? ¿Por qué leemos lo que leemos? ¿Cuánto decidimos verdaderamente? El famoso algoritmo funciona limitando lo que nos llega a nuestra pantalla, entonces no vemos todo sino una parte de lo que pasa. Sin embargo, gracias a las redes sociales tenemos más cercanía con los autores que nos gustan, los seguimos, nos enteramos no solo de sus obras sino también de sus círculos. Lo que antes fue una foto en blanco y negro hoy lo vemos en Instagram. Es una buena oportunidad para abrir lecturas no pautadas por nadie, conocer y acercarse a otras formas de escribir y de leer. Hay muchos escritores jóvenes que arrancaron su producción a través de redes sociales, Juan Solá y Maru Leone (Morite de amor, cagón), I Acevedo, Marianela poesía gorda, otros más grandes que usaron las redes para mejorar la difusión de su obra, como Pablo Bernasconi o Mauricio Kartún.
Nada de ingenuidad, todo de intención
La selección de textos que se hace en un programa de literatura, o en un podcast, o en una página o en un medio de comunicación, no es ingenua, siempre hay una decisión política y ética, hay una intención. Cuando no decido yo, alguien lo está haciendo por mí. Y ahí será que aparece el mayor acto de rebelión literaria, desobedecer o no a lo que las grandes maquinarias nos llevan. ¿Y cómo? Leyendo y siendo parte.
Defender la poesía, la literatura en general, defenderla como una trinchera, es tarea de todos, pero implica un proceso de desarme, de cuestionamientos, de lecturas críticas. Leamos todo, no solo lo que nos queda cómodo leer y ofrezcamos con conciencia las múltiples posibilidades.
He escuchado reiteradas veces la frase “La gente no lee” o, peor aún, “Los jóvenes no leen”, esto para mí es un gran y grave error, es una generalización que conlleva el peor de los problemas que es quitarnos la responsabilidad de encima. Haga un bollo con esa etiqueta y tírela a la basura…
La gente, en general, y los jóvenes, en particular, leen un montón, todo el tiempo, pero hoy quienes están digitando ese contenido y esas nuevas formas de leer (y de escribir) no viven acá, no están entre nosotros. La cuestión será, entonces, decidir si dejamos que eso siga pasando o si nos metemos a intervenir con responsabilidad para pensar ese mar de letras que giran en algoritmos interminables. Como padres, como docentes, como escritores, como hacedores, como funcionarios, como cuidadores, sea desde el lugar que sea, tenemos la enorme tarea de enseñar a leer literatura, pero primero tenemos que leerla nosotros.
El libro ha sido un objeto deseado y negado y por eso, un objeto de poder. La invitación, entonces es a apropiarnos de la cultura, en todas sus formas posibles, a elegir autores desde los más diversos criterios, a conocer los entramados, a disponernos a pensar el mundo desde un lugar más sensible, a cuestionar /nos en lo que decidimos o no frente a lo que se nos ofrece como única verdad, a rememorar nuestras propias historias de lecturas y de experiencias y a escuchar.
No todo presente es mejor, no todo pasado es impoluto, insisto en repensar en qué se nos va la atención, en qué ocupamos nuestro tiempo y cuál es nuestro vínculo con el mercado.
Pienso en mi abuelo escuchando tango y chamamé, lo veo leyendo Inodoro Pereyra en el diario y riéndose de Paturuzú, lo veo mirando al perro Patán en la tele, lo veo tomándose un mate y con un palillo en el costado de su boca. Él, el que nos dejaba monedas escondidas, el que coleccionaba cosas para regalarnos, él, el maestro rural chaqueño que hoy y cada tanto aparece en mi memoria.
Gracias Lili Diez por ampliar los debates y las miradas.