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En el primer trimestre del año, los casos subieron un 17,9%; el polémico gobernador, el exjuez Wilson Witzel, se mostró orgulloso de esos resultados.

Poco antes de asumir como nuevo gobernador del estado de Río de Janeiro, el prácticamente desconocido exjuez Wilson Witzel había advertido que pretendía desplegar policías francotiradores en las favelas para abatir a los narcotraficantes. “Lo correcto es matar a los delincuentes armados. La policía va a hacer lo correcto: apuntar a la cabecita y… ¡fuego! Para que no haya errores”, resumió.

Y ahora, apenas cuatro meses y medio después de que Witzel se hizo cargo de uno de los distritos más turísticos de Brasil, su política de “mano dura” para combatir la criminalidad ya alcanzó un cuestionable récord: según datos del Instituto de Seguridad Pública (ISP) revelados la semana pasada, en el primer trimestre de este año el estado registró 434 muertes de personas “por intervención de agentes del Estado”. La cifra representa un 17,9% de aumento en relación con el mismo período de 2018 y se trata del mayor número de muertes a manos de la policía desde que las autoridades iniciaron la serie estadística, en 1998.

Lejos de verlos como un problema, Witzel celebró los resultados y apuntó que gracias al fortalecimiento de la represión policial se redujeron también considerablemente los casos de muertes violentas en general: de 1866 en el primer trimestre del año pasado cayeron a 1528 ahora, un 18% menos.

“Mi gobierno está marcado por una política de seguridad para proteger al ciudadano de bien. Demostramos a los criminales que tienen que respetar a la policía”, resaltó orgulloso el novel político del centro-derechista Partido Social Cristiano (PSC), que se ha vuelto un firme aliado del presidente Jair Bolsonaro, del ultraderechista Partido Social Liberal (PSL).

Al igual que Bolsonaro, un excapitán del Ejército, Witzel, de 51 años, tiene antecedentes militares; fue fusilero naval antes de dedicarse a la abogacía. Llevaba 17 años como juez federal en Río cuando decidió lanzarse a la política. Y tuvo la suerte de que los electores fluminenses, cansados después de varios años de escándalos de corrupción y violencia, buscaban una nítida renovación política en las elecciones de octubre último. Pese a no ser conocido por la gran población, quedó en primer lugar, con el 41% de los votos en la primera vuelta, y ya en el ballottage, derrotó al exalcalde de Río de Janeiro Eduardo Paes (Demócratas, DEM) con el 60% de los sufragios.

Ya en la campaña había recibido el simbólico respaldo de Bolsonaro, quien, como Witzel, es un fanático de las armas de fuego y buscó flexibilizar de todas las maneras posibles la compra y tenencia de pistolas y fusiles. Witzel llegó a proponer que la policía de Río compre a Israel drones armados para disparar a los narcotraficantes, un escenario bélico similar al de Irak o Afganistán. Según el mismo gobernador cuenta, al conocer su pensamiento, Bolsonaro le dijo: “A mí me falta un tornillo, pero a usted le faltan dos”.

“El discurso armamentista y belicista de Bolsonaro y Witzel no hace más que incentivar y legitimar la violencia. Es muy grave lo que está sucediendo en Río de Janeiro, donde la policía nunca mató tanto. Y esto es solo el comienzo”, mencionó la socióloga Julita Lemgruber, coordinadora del Centro de Estudios de Seguridad y Ciudadanía (CESeC) de la Universidad Cándido Mendes.

Pese a las polémicas declaraciones de Witzel, muchos residentes del estado respaldan su postura rígida contra el narcotráfico. “Necesitábamos alguien decidido, que no les temiese a los narcos ni a las milicias y no se dejase corromper”, apuntó el comerciante Eduardo Lichote, dueño de un negocio de souvenirs en el barrio carioca de Copacabana.

Sin embargo, las últimas acciones del gobernador despertaron suspicacias entre sus votantes. El fin de semana pasado, Witzel fue descubierto descansando en el exclusivo Hotel Fasano, de Angra dos Reis, con su familia; primero dijo que el propio establecimiento lo había invitado a hospedarse allí gratuitamente, pero cuando el hotel lo negó, reconoció que pagó todo de su bolsillo y puso así su intransigencia ética en duda.

Luego, al volver de Angra -zona donde en los últimos años aumentó mucho el conflicto entre bandas narcos-, el gobernador participó de una operación policial en un helicóptero y él mismo subió a sus redes sociales un video en el que mostraba cómo un agente disparaba abiertamente contra una carpa en una colina que se creía que era un refugio de narcotraficantes. Resultó ser un lugar de culto evangélico, donde afortunadamente no había nadie en ese momento. Pero el episodio generó fuertes críticas.

Fuente: Diario La Nación

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