Valle de Uco, Martes 17 de Julio 2018
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Pareja gayPareciera ser que lo que a simple vista para algunos es lo común, lo cotidiano, para otros no lo es. Esta es la sensación que me deja haber participado hace unos días en el Primer Festival del Orgullo LGTTB (Lesbianas, Gays, Travestis, Transexuales y Bisexuales) realizado en el Valle de Uco. Digo que para algunos, vivir de determinada forma su sexualidad (hecho de carácter privado) es para otros un acto de incomodidad, de malestar, casi de ofensa.

El Primer Festival del Orgullo LGTTB realizado en el Valle de Uco (la marcha del orgullo gay se realiza en numerosos lugares del mundo) es, sin duda, un hecho significativo, sobre todo si comprendemos que en nuestra región perviven ciertas pautas y mitos sociales en cuanto a la elección sexual de las personas. Sin ánimo de ofender, en nuestro lugar aparecen comúnmente actitudes homofóbicas y de profunda discriminación hacia las minorías sexuales, ya sean lesbianas, gays o travestis.

En relación al respeto a la orientación sexual de cada persona, recuerdo en el año 2010 haber participado en un debate sobre si era factible o no el Matrimonio entre parejas del mismo sexo. Las posturas estabas claramente definidas: unos sostenían que no y otros que sí (debo aclarar que yo me encontraba entre lo últimos). Los argumento era múltiples: se iba a acabar la familia, se iba rumbo a una suerte de sociedad gays, el derecho tal cual se presentaba no habilitaba la posibilidad de que el matrimonio fuera entre parejas del mismo sexo, etc, etc. Lo cierto de todo esto es que primó la cordura, como así también el derecho a vivir la sexualidad y el amor como se nos plazca en cuanto no afectemos derechos de terceros: el matrimonio igualitario puso en igualdad a todos los ciudadanos de este país en cuanto a cómo queríamos vivir nuestra vida de pareja.

Mientras participaba del Festival pasado, recordé estos momentos, y me pregunté ¿Alguien recordará aquellos debates? ¿En qué estaban fundados los argumentos vertidos contra la iniciativa? Inmediatamente se me vinieron dos cosas a la cabeza: la primera, que sucedió lo que muchos pregonábamos, que la ley de Matrimonio Igualitario sería mirada con el tiempo como sucedió con la de divorcio en 1985; y que luego de su sanción no hubieron olas masivas de homosexuales corriendo por la calle, no se desintegró la familia, ni nadie se hizo homosexual porque existiera una ley para que pudieran contraer matrimonio como cualquier pareja heterosexual. La ley vino a otorgar derechos y no a cercenarlos. La segunda cosa que se me vino a la mente fueron las palabras de la primera mandataria al momento de promulgar la ley: “me desperté y no me habían quitado nada, seguía teniendo los mismos derechos que ayer, solo habíamos otorgado derechos a quienes no los poseían sin necesidad de quitárselos a otros”.

El festival LGTTB transcurrió de la mejor forma, bandas en vivo, buena onda, chicas, chicos, travestis y transeúntes que se paraban y miraban el espectáculo, disfrutaron de música y de un escenario de muchos colores, tal cual la bandera de la diversidad sexual. Salvo un intolerante que se acercó al escenario por detrás y prendió fuego a un cartel, el resto estuvo y transcurrió de maravilla. ¿Qué sucedió al otro día? Nada, absolutamente nada, las familias siguieron siendo familias, los homosexuales siguieron siéndolo, los heterosexuales también y la vida del pueblo o la cuidad continuaron su trajín  diario.

Ahora bien ¿Por qué es necesario hacer un festival donde se reivindique la orientación sexual o la forma de amar de determinadas personas? ¿Qué vuelve necesario escribir sobre esto? Mientras recorría el festival me presentaron a una travesti que después de una feroz golpiza, propinada por la policía hace unos años, había quedado en silla de ruedas; también me comentaron que el promedio de vida de un travesti no supera los 35 años de edad, que el primer lugar donde se discrimina a las personas por su orientación sexual es el hogar, que conseguir trabajo para transexuales y travestis es sumamente difícil lo cual inevitablemente los vuelca a la prostitución, que el acceso al sistema educativo se ve cercenado por actos de constante discriminación, no solo por el sistema en sí, sino también por los propios compañeros. Nuevamente me pregunto, ¿Qué hace necesario un festival? ¿Qué hace necesario escribir sobre esto? Sin ningún lugar a duda que mientras no reflexionemos como sociedad, mientras la intolerancia sea carne en nuestros actos, mientras no miremos al otro como un igual indistintamente de su orientación sexual y se generen las oportunidades en acuerdo a nuestras capacidades y voluntad de trabajo y no a nuestra forma de amar, serán necesarios cientos de festivales y cientos de columnas que hablen sobre el tema. Al fin y al cabo cuando volvamos común lo que debe serlo por simple hecho de la vida, ya no hablaremos más del tema.

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