Por Vero Diez
A mis amigas, a mis ancestras, a las cotidianas, a todas las que piensan en la de al lado, a cada una que anónimamente está transformando el mundo.
Des
me
Mbr
ada,
quemada, enterrada, asfixiada,
EMPALADA,
violada,
a se si na da.
No hay metáforas, no existen.
Niñas, mujeres, adolescentes.
Qué rabia la palabra rabia y cómo duele.
(2021)
Las tragedias siempre parecen repentinas cuando las cuentan otros. Un titular ocupa una página. Una fotografía aparece en la pantalla. Un nombre recorre las redes sociales. Todo sucede de golpe.
Pero nosotras sabemos que no.
Sabemos que hay historias que empiezan mucho antes de que alguien las nombre. Historias que crecen en voz baja, detrás de puertas cerradas, en frases que nadie escucha, en silencios que se vuelven costumbre. Sabemos que algunas mujeres no desaparecen de una vez. Se van volviendo transparentes de a poco y lentamente y, justamente por eso, importa tanto nombrarlas. Porque la violencia trabaja sobre el borramiento: borra señales, borra historias, borra contextos. Reduce una vida entera a una noticia breve, a una estadística, a un nombre que ocupa un lugar en una lista cada vez más larga.
Hace once años, una multitud decidió interrumpir ese borramiento. El 3 de junio de 2015, cientos de miles de personas salieron a las calles de Argentina bajo una consigna tan simple como contundente: Ni Una Menos. Lo que comenzó como una reacción colectiva frente al femicidio de Chiara Páez se convirtió en uno de los movimientos sociales más importantes de la historia reciente del país porque obligó a nombrar la violencia hasta entonces naturalizada por todos y todas.
Mucho antes de que las plazas se llenaran, la literatura argentina ya venía registrando esas ausencias, esos silencios y esos cuerpos vulnerados. Las escritoras encontraron palabras para contar aquello que durante demasiado tiempo había permanecido en los márgenes, para registrar aquello que la sociedad prefería no ver. La literatura no inventó la denuncia, pero le dio palabras, imágenes y preguntas.
Anónimas y ya no tanto
La poeta griega Safo escribió hace más de dos mil quinientos años. De su obra apenas sobreviven fragmentos, pero alcanzan para recordar una verdad incómoda: las mujeres siempre tuvieron cosas para decir. Lo extraordinario no es que hablaran; lo extraordinario es que algunas de sus palabras hayan logrado atravesar siglos de olvido. Entre Safo y las escritoras de hoy existe una larga genealogía de voces interrumpidas, silenciadas, minimizadas o directamente borradas. Una historia hecha de nombres conocidos y de muchísimas mujeres anónimas.
A comienzos del siglo XX, cuando las mujeres todavía disputaban el derecho a ocupar el espacio público y a escribir con voz propia, poetas como Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou exploraron en sus textos los límites impuestos a los cuerpos femeninos, las desigualdades en las relaciones amorosas y las expectativas que pesaban sobre las mujeres. No hablaban todavía de violencia de género en los términos que hoy conocemos. Sin embargo, sus poemas, ensayos y notas periodísticas ya interrogaban el lugar asignado a las mujeres en una sociedad organizada desde la mirada masculina.
Hay algo que me conmueve cuando las vuelvo a leer. No solo porque anticipaban un movimiento, sino porque muchas de las preguntas que formularon me siguen resonando. ¿Quién puede hablar? ¿Quién puede decidir sobre su propio cuerpo? ¿Qué ocurre cuando una mujer se niega a ocupar el lugar que otros le reservaron?
La historia de Ni Una Menos también puede leerse como la historia de esas preguntas.
Alfonsina Storni escribió sobre el mandato amoroso, sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, sobre el cansancio de ocupar siempre el lugar que otros habían decidido. Juana de Ibarbourou celebró el deseo y el cuerpo femenino en una época en que hacerlo todavía resultaba transgresor. Ninguna de las dos conoció la palabra femicidio. Ninguna marchó bajo la consigna Ni Una Menos. Pero ambas participaron de una misma tarea: disputar el sentido de lo que significaba ser mujer en su tiempo.
En este pasado, entre ficciones y declaraciones, también existieron las y los detractores, los que preferían seguir sosteniendo en silencio el modelo que moldeaba la mujer “perfecta”, el disciplinamiento de unos cuerpos que no les pertenecían.
La literatura suele llegar antes que los cambios sociales porque a veces, muchas veces, detecta fisuras que todavía no tienen nombre y registra malestares que tardarán décadas en convertirse en reclamo colectivo. Durante siglos esas voces aparecieron dispersas, fragmentarias, aisladas unas de otras. Hoy podemos leerlas como parte de una misma conversación porque todas intentaron romper alguna forma de ese silencio.
Hoy y antes, algo se rompe
Con el paso de los años, esas voces se multiplicaron. La literatura dejó de preguntarse solamente qué significaba ser mujer para empezar a narrar aquello que les ocurría a las mujeres. La violencia dejó de aparecer como un destino trágico o una desgracia privada y comenzó a mostrarse como un problema social, político y cultural.
Así existieron los cuentos de Silvina Ocampo que denunciaban la violación a niñas, los poemas de Pizarnik y Thénon que pusieron potencia a la voz de la mujer rebelde, luego las voces disidentes y las militantes torturadas, otras que decidieron contar la historia de sus ancestras, como gesto político de reparación y de reconocimiento: estoy donde estoy porque otras lo hicieron posible (entre ellas, Isabel Allende y Ángeles Mastretta).
Cuando Selva Almada publicó Chicas muertas en 2014, la palabra femicidio ya circulaba, pero todavía no existía el movimiento que, un año después, ocuparía las calles del país. Su libro reconstruía tres asesinatos de jóvenes ocurridos en los años ochenta y volvía sobre una pregunta insoportable: ¿qué pasa cuando una sociedad se acostumbra a la violencia contra las mujeres?
“La palabra femicidio todavía no existía”, escribe Almada. Y en esa frase hay una tremenda advertencia. Aquello que no tiene nombre suele encontrar más fácilmente el camino hacia la impunidad. Yo sé que la literatura no resuelve los crímenes ni reemplaza a la justicia, pero puede hacer algo que los expedientes rara vez consiguen: restituir una voz, una historia, una comunidad y recordarnos que antes de convertirse en casos fueron personas.
Muchas de las escrituras contemporáneas sobre la violencia contra las mujeres trabajan contra la muerte intentando reconstruir una vida. Esa preocupación atraviesa buena parte de la literatura argentina reciente. Aparece en las novelas de Dolores Reyes, en los cuentos de Mariana Enríquez, en la narrativa de Gabriela Cabezón Cámara, de Samantha Schweblin, y en tantas otras autoras que han colocado en el centro aquello que durante mucho tiempo permaneció en los márgenes: los cuerpos de las mujeres, sus deseos, sus miedos, sus formas de resistencia.
Pero quizás la transformación más profunda no sea temática sino de perspectiva. No se trata solamente de que las mujeres aparezcan en los textos, sino de quiénes las narran y desde dónde se las mira.
Lo que cambia, tímidamente en los 90 y con fuerza arrolladora a partir de los 2000, es la mujer que se representa en la literatura. La voz de la mujer trabajadora, madre, cuidadora, la voz de las mujeres sin tierra, sin apellido, anónimas, empieza a protagonizar el escenario de la ficción. Las escriben mujeres que también trabajan, cuidan, enseñan, crían hijos, pagan cuentas, sostienen hogares y escriben cuando pueden. Mujeres que conocen desde adentro muchas de las historias que cuentan. Ya no anónimas, ya no varones, ya no aliados: mujeres, haciéndose espacio en el mercado editorial para llegar a publicar, en la academia, a empujones por ser escuchadas y leídas.
Poder feminista,
poder de las amas de casa
Revolución matemática.
Las madres se animan a deshacer las leyes del hogar.
De a poco.
Una revolución a largo plazo y en soledad.
(…)
Podemos dedicarle la re-volución a:
(…)
tantas brujas que quedaron sin nombres
y a las artistas que crearon ciudades acomodando
vasos en la alacena.
(Fernanda Laguna, 2001)
Lo notable es que estas escritoras no producen desde la certeza de haber encontrado respuestas. Lo hacen desde la incomodidad de seguir haciendo preguntas. ¿Cómo narrar la violencia sin convertirla en espectáculo? ¿Cómo hablar de las víctimas sin reducirlas a su condición de víctimas? ¿Cómo sostener la memoria cuando la noticia deja de ser noticia? Son preguntas que la literatura comparte con el movimiento Ni Una Menos. Ambos surgieron de una misma negativa: aceptar que el olvido tenga la última palabra. Por eso, la sin nombre “Cometierra” avanza con su propio cuerpo conectado a la tierra para saber la verdad, porque no hay nadie más que ella y las familias de las víctimas que deseen tanto saber dónde están los cuerpos, qué les pasó y quién las mató.
¿Lo pendiente?
Hay un cuento de Borges que se llama “La intrusa” en el que dos hermanos comparten una mujer y terminan asesinándola para preservar el vínculo entre ellos. La historia está narrada desde la perspectiva de los hombres; Juliana Burgos apenas tiene voz. Es el objeto de una disputa, nunca un sujeto de la historia. Durante años leímos ese cuento preguntándonos por los hermanos, por la traición, por la lealtad masculina. Recién más tarde comenzamos a preguntarnos por ella.
Quizás allí radique una de las lecturas más inquietantes que hoy podemos hacer del relato. No porque Borges estuviera escribiendo sobre los femicidios tal como los entendemos en la actualidad, sino porque captó con precisión una lógica cultural profundamente arraigada: la de los pactos entre varones, los silencios compartidos, las lealtades que dejan a las mujeres fuera de la conversación. Juliana muere para que nada cambie entre los hermanos. Y durante buena parte de la historia literaria, también ella queda relegada a un segundo plano en las lecturas del cuento.
Algo de eso hemos comenzado a revisar. No se trata solamente de preguntarnos qué les ocurre a las mujeres, sino también de mirar los entramados de complicidades, mandatos y silencios que permiten que ciertas violencias existan y se reproduzcan. Porque, aunque nos duela en el cuerpo entero, esos pactos contienen a nuestros hijos, padres, parejas, familiares, amigos. Tal vez una de las transformaciones pendientes sea justamente esa.
“Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.” (La intrusa, Borges)
Durante mucho tiempo aprendimos a admirar voces masculinas, a citar autores varones, a reconocer tradiciones construidas por otros. Costó más aprender a buscarnos entre nosotras. Pienso en las escritoras que fui encontrando con los años. Las que llegaron por recomendación de una amiga, de una profesora, de una compañera de trabajo. Las que me ayudaron a poner nombre a experiencias que creía individuales y resultaron compartidas.
Uno de los legados más profundos de Ni Una Menos está en esa trama silenciosa que se fue tejiendo entre mujeres, una red que permitió que nos reconocieramos unas a otras.
Porque leer a una mujer también puede ser una forma de compañía. Una forma de encontrar antecedentes donde antes parecía haber soledad. De descubrir que alguien ya había pensado, sentido o nombrado aquello que nos atravesaba.
Esta columna está escrita por una mujer, una trabajadora, una madre, una lectora que llegó hasta otras lectoras y otras escritoras para encontrar palabras que ayudaran a pensar este tiempo. Nada de eso es excepcional. Y quizás acá, en este gesto pequeño, resida su importancia.
soy muchas versiones,
pocas veces siento miedo,
muchas veces desamparo,
he amado,
he cuidado,
he llorado mares,
dicen que soy dura,
piedra,
me imaginaron alta
claro que no,
a veces me descascaro en el silencio
con mi metro cincuenta
ahora estoy creando y creyendo
otra vez
amando,
otra vez.
anónima.
(enero, 2026)
Como intento final, les propongo un gesto sencillo: escriban sobre una mujer que admiren. Pónganle palabras a su trabajo, a su lucha, a sus cuidados, a sus pequeñas revoluciones cotidianas. Díganle al mundo que existe, escriban las versiones de esa mujer cercana; no escatimemos en admiración, en amor y en decir.
Ni una menos, cada día, en las calles, en las acciones, en las palabras.