Practicar el amor como fuerza colectiva. En este escrito la autora nos propone una mirada amplia del termino, abordada por la literatura en distintos tiempos.
Por Verónica Diez
Dedicada a quienes hacen habitable el mundo y
a quienes me siguen enseñando que construir comunidad es posible.
Las redes se llenaron de fotos de un cartel en el show de Benito, más conocido como Bad Bunny: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
La frase circula como consigna: se comparte, se imprime en remeras, se vuelve hashtag. Tiene algo tranquilizador: promete una victoria moral sin costo.
Pero me surge una inquietud: ¿el amor nace y se sostiene en un lema? ¿Alcanza con decirlo? No es automático, no es abstracto, y, sobre todo, no es inmediato. El amor no vence por sí solo. Se construye, se practica, se sostiene. Y a veces fracasa.
La literatura lo sabe desde hace siglos.
Mucho antes de los eslóganes luminosos, los relatos ya mostraban que el vínculo no era una idea pura sino una fuerza ambigua, capaz de fundar el mundo o de destruirlo.
Desde ahí quiero leer esa frase: no para negarla, sino para complejizarla.
Donde el mundo depende del vínculo
Antes de que habláramos de amor en términos románticos, los relatos mayas ya advertían algo elemental: un mundo sin reciprocidad no se sostiene. En el Popol Vuh, los primeros hombres fracasan no por falta de fuerza, sino por falta de reconocimiento. No agradecen, no recuerdan a quienes los hicieron, no sostienen el vínculo. Y entonces el mundo los retira.
Me impresiona esa intuición antigua: lo que destruye no siempre es la violencia, sino la desconexión.
Pienso también en Medea. En ese amor que, traicionado, se vuelve furia. Eurípides no suaviza nada: muestra que la intensidad amorosa puede mutar en devastación.
A veces me pregunto si el odio no es, también, un amor que perdió su horizonte.
Entre la furia trágica y la tormenta romántica hay un desplazamiento decisivo. En La princesa de Clèves (1678), el amor ya no es mandato divino ni arrebato devastador, sino conflicto interior. La protagonista ama, pero decide no consumar ese amor. El drama ocurre en la intimidad moral.
Un siglo y medio después, en Cumbres borrascosas (1847), el amor es tormenta persistente. No construye calma: produce obsesión, identidad compartida hasta el desborde. Catherine afirma que ella es Heathcliff, y en esa declaración hay algo inquietante: amar no siempre ordena; a veces disuelve los límites del yo.
Entre una y otra obra, la literatura parece decirnos algo que incomoda cualquier consigna: el amor no es una fuerza pura que se impone sin conflicto. Puede ser decisión dolorosa o pasión que desborda; puede sostener o fracturar. En estos relatos el amor no admite simplificaciones.
El yo se quiebra
En el siglo XX, el amor deja de ser certeza para convertirse en fisura. Ya no promete sentido: expone una grieta.
En El amante, Marguerite Duras escribe desde la memoria, como si el amor sólo pudiera contarse cuando ya se está perdiendo. Sucede y, al mismo tiempo, se desvanece. Lo que queda no es la unión sino la marca.
Esa marca, en Clarice Lispector, se vuelve experiencia límite. En La pasión según G.H., el encuentro con el otro no confirma identidad: la desarma. Amar no completa; abre una zona donde el yo se vuelve extraño para sí mismo.
Pero tampoco el sentimiento es puro. Manuel Puig muestra que incluso lo que creemos más íntimo está atravesado por voces ajenas. En Boquitas pintadas, se ama con palabras aprendidas del cine, de la canción, del folletín. El amor llega mediado, narrado antes de ser vivido.
Y cuando el lenguaje mismo empieza a fallar —como en Alejandra Pizarnik— el otro ya no es promesa de fusión ni dilema moral: es distancia irreparable. Amar se parece más a una herida que a una certeza.
No hay aquí victoria luminosa ni armonía espontánea. Hay pérdida, desarme, mediación, imposibilidad. El amor no se impone: expone.
Del eslogan al gesto
Después de ese recorrido, la frase del escenario vuelve con otra densidad. “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Quisiera creerla sin reservas. Pero la literatura mostró que el amor no es una fuerza simple ni lineal: puede fundar mundo, puede arrasarlo, puede volverse conciencia, obsesión, representación o herida.
El siglo XX dejó, además, una sospecha persistente: no siempre sabemos qué parte de lo que sentimos es experiencia y qué parte es lenguaje heredado. Amamos con palabras dichas por otros, con escenas que vimos, con frases que suenan bien.
Por eso me interesa mirar qué hace la literatura argentina y latinoamericana actual con ese legado. Qué queda del amor cuando se lo despoja de solemnidad y de consigna.
En Las malas, de Camila Sosa Villada, la comunidad travesti construye una red de cuidado en medio de la intemperie. No es un amor idealizado: es un amor que cocina, que acompaña, que protege del peligro nocturno. El vínculo no es discurso: es supervivencia compartida.
Ese amor como práctica reaparece, en otra clave, en El corazón del daño, de María Negroni. Aquí no hay armonía sino ambivalencia: gratitud y reproche, cercanía y distancia. Amar no es simplificar al otro; es sostener su contradicción.
En No es un río, de Selva Almada, los afectos circulan en silencio. Entre hombres que apenas saben nombrar lo que sienten, la lealtad y la culpa se expresan en gestos ásperos, en silencios compartidos. El amor no se proclama: persiste.
Entre nosotros
No estoy en contra de la frase en ese cartel luminoso. Afirmar que el amor puede más que el odio es necesario. En tiempos de violencia explícita y fracturas visibles, decirlo es una forma de no resignarse. Lo que me inquieta no es su intención, sino su facilidad. Cuando una verdad se vuelve cómoda, corre el riesgo de quedarse en la superficie. Y la literatura me deja ver que el amor nunca fue cómodo.
Decir que el amor es más poderoso que el odio traza una dirección moral. Practicarlo es otra cosa: implica sostener vínculos cuando no son luminosos, reconocer al otro cuando no nos refleja, cuidar cuando no hay aplauso.
El odio es rápido, nítido, ofrece identidad inmediata y simplifica el mundo en un mapa claro de enemigos. El odio también se practica: en la burla automática, en la descalificación fácil, en la indiferencia que se vuelve costumbre.
El amor es más lento. Exige permanecer cuando incomoda, escuchar cuando es más fácil responder y quedarse cuando es más simple retirarse. Si el amor quiere tener fuerza real, no puede quedarse en el escenario ni en la frase compartida. Tiene que volverse acto: acto pequeño, acto repetido e incómodo.
Como en esas historias donde el vínculo no salva el mundo, pero impide que se vuelva inhabitable. Como en esas comunidades, reales o ficticias, que cocinaron, cuidaron y sostuvieron juntas cuando todo parecía romperse.
No sé si el amor vence, pero cuando se ejerce, y no cuando solo se proclama, crea algo que el odio no sabe construir: continuidad.
Tal vez no se trate de repetir la frase.
Tal vez se trate de encarnarla, entre nosotros.
¿Qué estamos haciendo por fuera de las redes para construir esta continuidad? Y si no… ¿Por dónde empezamos?
“Nosotros somos la continuidad.”
— Juan Gelman






