Una columna de opinión imperdible y sin duda, polémica
Por Juan Jofre
Maquiavelo está más vivo que nunca. El realismo o pragmatismo político gobierna en todos los colores y acciones. Negarlo es de mentiroso o ingenuo.
El idealismo europeo intentó hacer quedar a Maquiavelo como un hombre malo, que justificaba la crueldad o recomendaba el engaño. A mi modo de ver, promovían un pensamiento ingenuo que buscaba ocultar lo que Maquiavelo escribió de forma directa y clara.
Hoy nadie se reconoce “maquiavélico” porque esa palabra está cargada de un sentido negativo, pero todos, todas, todes, todxs, actuamos maquiavélicamente cuando somos conscientes de nuestros intereses, convicciones, acciones y consecuencias.
Para Maquiavelo lo más importante son los resultados o consecuencias de las acciones. Lo afirma así, porque lo dedujo de estudiar las sociedades de su época, y valdría también en las nuestras.
Las mayorías terminan apoyando a un líder o a un referente político, cuando están de acuerdo con el resultado de sus acciones. A veces también por las ideas o convicciones, pero si no consigue buenos resultados, el apoyo dura poco.
Quienes defienden a Trump tal vez no están del todo de acuerdo con bombardear Caracas, pero sí aplauden el resultado de esa acción: Maduro está preso.
Si Milei insulta, reprime jubilados, deja sin tratamientos a las personas con discapacidad o recorta el presupuesto educativo, no deja de tener apoyo de mucha gente porque lo que ese grupo prioriza es un resultado concreto y pragmático: que no gobierne el peronismo.
Decidir por el mal menor. Así es el pragmatismo, y en mayor o menor medida, todos lo somos. O al menos en parte.
Hay una frase textual del libro “El príncipe”, donde Maquiavelo plantea que el líder “tiene que tener un ánimo dispuesto a volverse según lo que los vientos de la fortuna y las variaciones de las cosas le ordenen, y, no apartarse del bien, si puede, pero saber entrar en el mal, si es necesario”.
Si un líder o príncipe no tiene la virtud de la flexibilidad para leer el “espíritu de los tiempos”, entonces fracasará. Nadie valorará que se aferró a sus ideas o que defendió determinados principios. Si fracasa, será juzgado por eso.
Es un error asimilar Maquiavelo con no tener principios o ideales. Según él, todo líder o príncipe debe tenerlos, pero debe tener la virtud de adaptarse.
Nuestro presidente, que fue quien afirmó que “Maquiavelo ha muerto”, es un gran maquiavélico. Veámoslo en un ejemplo.
Cuando era comentarista en la televisión, criticó con dureza a Caputo, a su política económica, y repetía hasta el infinito que iba a dinamitar el Banco Central.
Al asumir como presidente, y tener la necesidad de pensar en las consecuencias de sus acciones, se adaptó, fue pragmático, y no solo no cerró el banco central, sino que además le dio el manejo de la política económica a Caputo.
Cornejo, ni que decir. Es un gran ejemplo de pragmatismo. Incluso sus detractores le reconocen ser un líder que prioriza el orden y los resultados, los dos “dioses” de la filosofía maquiavélica.
Siempre fue un político que se adaptó al “espíritu de los tiempos”, y en esa “virtud” según Maquiavelo, habría que buscar parte de las razones de su éxito político.
Para ir a los departamentos del Valle de Uco, voy a referirme a otro puntal del pensamiento maquiavélico: la realidad sobre la imaginación.
El italiano recomendaba no perder el tiempo en pensar “cómo debería ser el mundo”, si no ser eficiente en interpretar como es, y accionar en él.
Veamos.
Andraos, que fue el único que tuvo un discurso contra Milei, ya se adaptó, y prácticamente no se lo escucha en público criticar al presidente. Aguilera y Morillas nunca lo hicieron.
Al Gobernador menos. A su política, tampoco.
Adaptarse y sobrevivir.
Aguilera no ha tenido grandes evaluaciones para mostrar su pragmatismo todavía.
A Morillas en cambio, su pragmatismo lo llevó a asociarse con Cornejo y Milei, y entonces le tocó jugársela un poco más, aduciendo que necesita un préstamo por culpa de la herencia recibida, distanciándose aún más del difonsismo.
Los intendentes lo saben muy bien. Lo importante es la consecuencia de la acción. Si algo suma, es ganancia para su imagen. Si algo resta, pagan con la misma moneda.
Ahora bien, si todos somos maquiavélicos ¿no hay otras alternativas más que adaptarse y ser pragmáticos?
Dos respuestas. Primero, que no hay una única forma de ser pragmáticos, y que “el espíritu de los tiempos” no tiene una sola forma de interpretarse. Por eso, sí hay opciones, sí hay otras formas en que las cosas se podrían hacer, y, sobre todo, sí hay otras y otros empeñados en mostrar aspectos de esa realidad que los oficialismos no quieren mostrar.
Segundo, para quienes nos les gusta como son las cosas hoy, hay un camino: participar y realizar acciones que hagan que la realidad cambie. Pero también para este grupo, opositor, es recomendable diferenciar lo que “es” de lo que les “gustaría que fuera”, porque como escribió Ciro Alegría, “el mundo es ancho y ajeno”, y, por ende, está hecho de lo que otros hacen.
Los vientos de la fortuna varían, y no todos los líderes son capaces de interpretarlos correctamente. Por eso suele ser fundamental rodearse de colaboradores que contribuyan en esa tarea. Caso contrario, el próximo viento puede soplar en contra, y llevar al lugar de las decisiones al pragmático contrario.










